miércoles, 29 de agosto de 2007

La Abadía del crimen


Umberto Eco publicó EL NOMBRE DE LA ROSA en 1980. El éxito de la obra fué tan grande, que poco después comenzó a salir novela negra ambientada en la Historia como setas.
El Egipto de los Faraones, la Roma Imperial, o como el caso que nos ocupa, la Edad Media, fueron algunos de los escenarios que los autores de estos Best Sellers escogierón. Naturalmente todas ellas estan lejos de ser una obra maestra, al contrario que la de Eco, que lo es, y no creó que haya nadie que me lo discuta.
La crítica literaria se deshizo en elegios, y todo el mundo la compró, aunque como con "El Quijote", no todos la leyerón. Aunque en un principio pueda parecer una obra espesa, demasiado descriptiva y aburrida, tengo que decir a los que esto piensan, que para nada. Más bien todo lo contrario. Nada sobra en esta novela, que te sumerge en una trama detectivesca que te cautiva hasta el final.
El protagonista es un monje franciscano llamado Guillermo de Baskerville (claro homenaje a Conan Doyle y a su personaje más célebre), que acompañado de su púpilo Adso de Melc, se instala en una Abadía en la que comienzan a suceder unos extraños crímenes, y que los monjes que en ella viven achacan al diablo. Nuestro peculiar detective deberá resolver tales sucesos antes de que llegue la Santa Inquisición y resuelva todo a su manera.
Eso si, que nadie espere una lectura de kiosko a la manera de "El código Da Vinci" y demás sucedáneos. Estamos hablando de literatura de calidad, y aunque me contradiga, es una obra demasiado densa para todo aquel que no sea muy aficionado a leer.
Si eres de los que disfrután con un buen libro entre las manos, y aún no lo has leído, no esperes más, y ponte a ello inmediatamente. No lo lamentarás.

2 comentarios:

Ternin dijo...

Yo entré en ese libro por la peli y me encantó. Ahora, he de reconocer que no he leido otro libro de Umberto Eco

JON OSTERMAN dijo...

Yo leí "El péndulo de Foucault", y este si que es espeso.Aunque me costó leerlo al final lo acabé, más que nada por amor propio.