lunes, 16 de noviembre de 2009

No hay nada como el fin del mundo para mantener unida a la familia

Roland Emmerich tiene una fijación espècial en ver destruido nuestro Planeta.
En Independence Day fuerón los extraterrestres; en Godzilla, un largarto gigantesco producto de las armas nucleares; en El día de mañana, el cambio climático; y ahora en 2012, el fin del mundo.
Los mayas predijeron que sucedería el 21 del 12 del 2012, y con este dato, el director alemán desata el apocalipsis definitivo cinematográfico.

Como todas sus películas, el reparto es coral, aunque siempre destaca un protagonista, en este caso un escritor de escaso éxito interprétado por John Cusack.

Las películas de este señor, siempre denostadas por la crítica, suelen ser por general, muy taquilleras, y tan entretenidas y espectaculares como vacías.
Con esta en cuestión, sucede otro tanto. No deja de ser un film palomitero, cuyo único fin es el de entretener al personal.
Y vaya si lo consigue.
No hay que buscar tres pies al gato. Cuando uno va a ver una película de Emmerich ya sabe lo que se va a encontrar, así que luego no vale ponerla a caer de un burro.
Por lo que a mi respecta, me lo he pasado pipa durante sus dos horas y media.