martes, 1 de julio de 2008

Amor y odio para los hijos de Dios

Harry Powell es un predicador que recorre el sur de Estados Unidos llevando la palabra de Dios.
Un día recae en la casa de una joven viuda con dos hijos, con la que contrae matrimonio.
El reverendo esconde un oscuro pasado, y solo los dos pequeños se dan cuenta de ello.
Cuando su madre desaparece, deben huir de su padrastro, ya que solo ellos saben el secreto que este ansia a toda costa.

Basada en una novela de Davis Grubb, La noche del cazador, única película que dirigió el actor Charles Laughton, es un cuento de hadas oscuro y escalofriante que no deja indiferente a nadie.
Producida en 1955, y rodada en blanco y negro tiene la actuación más memorable en la larga carrera de Robert Mitchum.

Su puesta en escena es brillante y terrorífica, y te mete de lleno en una historia difícil de olvidar.
En el momento de su estreno tuvo escaso éxito, lo que llevó al orondo Laughton a no volver a dirigir.
Una lástima, porque si bien teníamos un excelente actor, perdimos la oportunidad de tener un mejor director.
Pese a ello, poco a poco la película se fué convirtiendo en un film de culto, y hoy forma parte de las grandes obras maestras del Séptimo Arte.
El mérito aparte de su director y principal actor, hay que atribuirlo a lo demás actores, con una Shirley Winters memorable.
Y por supuesto los niños protagonistas de la historia, que como Hanzel y Gretel deben escapar de la bruja (en este caso un demonio disfrazado de sacerdote), para tratar de salvar sus vidas.
No nos podemos olvidar de los secundarios, muchos de ellos infantes y adolescentes, que parece que llevasen toda la vida haciendo cine.
Una película que va directo al grano, sin ningún tipo de concesión al espectador, que nos habla la delgada línea que separa el bien del mal como si fuera la primera vez.
En serio lo digo, es una obra que nadie debería perderse, y que todo el mundo debería tener en su filmoteca.
Imprescindible.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Peliculón.

Jaime Sirvent dijo...

Absolutamente magistral. Mitchum está sublime como siempre, pero aquí aún más. Inolvidable esa persecución a través del río.